jueves, 17 de junio de 2010

Carta a un futuro maestro, por Mª Jesús Sáez de Urabain

Querido Zumai: ¡No sabes qué alegría me diste el día que me dijiste: Txus, quiero ser maestro como tú!
Me hizo recordar otro día, hace años. Ibas con la abuela de paseo y te encontraste con la pregunta: ¿Y este niño tan guapo qué quiere ser de mayor? Las palabras venían de una señora amiga de la familia. Tú mirando hacia la abuela, orgulloso, contestaste: yo, soltero como mi abuela.
No sé si este deseo lo cumplirás ¡Tienes tanto tiempo por delante! Pero el otro, espero que lo cumplas (ya estás en camino) y que con esa vocación-profesión seas tan feliz como yo he sido.
Si me preguntas por qué quería ser maestra, tengo que volar a mi infancia:
Desde la ventana de mi habitación veía el patio de las monjas, el recreo de los niños. Era un juego para mí, las niñas jugando al corro, la soga, las tabas, los chicos correteando con el balón, y unas alas blancas de mariposa o de ángel que se confundían con las cabezas rubias, morenas, pelirrojas.
¡Mamá, mamá yo quiero ir al colegio, quiero aprender a leer! ¿Por qué no puedo bajar al recreo con los niños? Debí ser muy convincente o pesada porque mamá habló con la superiora y a pesar de no tener la edad reglamentaria, tenía 4 años, consintieron que comenzara mis clases.
¡Qué contenta aparecí el primer día de clase! A las 9 menos cuarto estaba la primera en la entrada del cole; había que coger sitio en la fila. Allí pegada a la puerta aprendí la canción que como una retahíla recitábamos hasta que las alas de mariposa nos daban paso a la clase: “Abre la puerta, culín y culeta más vale un duro que una peseta”.
Creo que aprendí a leer pronto; entre las alas de mariposa que guiaban mis aprendizajes y mi madre, las letras corrían por mi cabeza.
Léeme este cuento mamá, ahora lo leo yo; balbuceaba y preguntaba ¿Y esto qué quiere decir? ¿por qué los príncipes comen siempre perdices? ¿no comen cordero y otros manjares? No sé que me contestaría mi madre… hija, es un decir, puede que comieran otras cosas.
A las alas de mariposa también les preguntaba: ¿Y cómo tenéis el pelo debajo de la toca? ¿y cuándo os lo cortáis? ¿dan mucho calor las alas almidonadas? ¡Qué curiosa era y sigo siendo!
Me encandilaba el gesto de la cabeza que hacían las monjas para pasar sin tropezarse por las puertas.
Cuando ya me solté a leer, comencé a ir al comedor de las hermanas a leer mientras ellas comían. Esas lecturas de vidas ejemplares, del Evangelio o de la Biblia me llenaban de fantasías la cabeza. Yo era la misionera que cuidaba negritos en África, otras veces ayudaba a los cristianos perseguidos… Era fácil para mí evadirme y ser la heroína de la historia.
¡Qué pronto transcurrieron esos años! Pasé a la Escuela Nacional de niñas a los siete años y admiré a mis maestras: D.ª Resu es la que recuerdo con más cariño.
Y como la niña podía estudiar, según los mayores, comencé a preparar ingreso de Bachiller. Don Jesús Bañales fue mi maestro y guía. Con él hice por libre ingreso, primero y segundo de Bachiller. Estudiaba (no mucho) en casa, y por la tarde, cuando los chicos salían de clase, los y las aspirantes a Bachiller nos sentábamos en los pupitres que ellos abandonaban. El maestro nos explicaba las dudas y nos ponía tarea para el día siguiente. Nunca tuve un reproche para mis maestros y maestras. Siempre me ayudaron a saciar mi curiosidad. Así que yo quería ser como ellos y ellas, ayudar a otros niños y niñas para que aprender fuera un juego, enseñarles a buscar la solución de sus preguntas, guiar sus ocios, disfrutar con ellos de lecturas maravillosas, músicas, teatros, deportes, etc. etc.
Tu abuela también me transmitió admiración hacia sus maestros, que fueron republicanos y humanistas. Hacían partícipes a sus alumnos de sus ideas de igualdad y fraternidad. Les enseñaron a querer y apreciar la belleza: de ideas y de cosas.
¡Cómo recita la abuela poesías aprendidas con ellos, fábulas, etc. etc.! ¿Te acuerdas Zumai? “Mariposa vagarosa, linda en tintes y en donaires, tú que vas de rosa en rosa…” “Dijo la zorra al busto después de olerlo, tu cabeza es hermosa pero sin seso”. Las hemos aprendido con ella y por ella sus hijas y sus nietos. ¡Buena maestra!
Así que a tu pregunta: ¿Por qué quise ser maestra? creo que ya tienes respuesta: por la admiración a sus maestros que me inculcó tu abuela, por la misma admiración y respeto que tuve a los míos y por mi gran curiosidad que me llevó a aprender y participar de aprendizajes variopintos: teatro, atletismo, encuadernación, grafología, tiro al arco, etc. etc. También desaprendo (la memoria juega malas pasadas).
En la misma escuela en la que estudié Magisterio (el año 2011, hará 50 años que se inauguró y que yo empecé primero) tú has cursado primero; yo hago Humanidades y tú estudias la carrera más bonita, alegre y satisfactoria que conozco.
Deseo que te haga tan feliz como a mí me ha hecho.
Un abrazo y todo mi cariño

Txus

P.D. Me gustaría que cuando sea mayor me cuentes al oído: “Mariposa vagarosa, linda en tintes y en donaires…
¿Por qué quisiste ser maestro?