Os presentamos qué significa la escuela para cuatro niños de Ansó:
La escuela para mí son recuerdos. Algunos de ellos son: el primer día de escuela fui con la parte baja del pijama porque mi padre veía el pantalón y se pensó que era la ropa. También me daba miedo José, mi profesor, cuando me cogía. No me gustaba que me cogiera. A lo mejor era porque llevaba cresta (Fdo. Anónimo)
Cuatro maestros van sin rumbo, pero hay uno que no se corta el pelo, y otro que hace un malgasto de dinero, pero uno que da francés y otro que da inglés, tenemos un cacao en la escuela que no veas, en los recreos ni te cuento...hay una mezcla....allí no hay quien juegue al fútbol. Bueno, está es mi escuela (Fdo. Sinónimo)
Para mí la escuela son muchas cosas, pero lo que más me gusta son los buenos momentos que paso con mis amigos. Por ejemplo, en el recreo porque nos lo pasamos muy bien. Yo llevo unos pocos años en la escuela y en estos años he aprendido muchas cosas y he tenido muchos profesores distintos. Con cada uno he aprendido muchas cosas distintas como a ser buena persona y responsable, pero sobre todo a pasármelo bien con mis amogos. Para mí la escuela es diversión, aprendizaje y mucho más (Fdo. Pinzón)
Si tú a un alumno le preguntas qué le parece la escuela, lo más seguro es que te consteste: un rollo (por no decir otra cosa peor). Pero si tú le dices: piensa un rato y dime: ¿preferirías no haber ido a la escuela? Después de pensar un rato lo más probable es que te diga que no. Porque yo no he conocido a nadie que prefiera no saber leer, escribir, sumar...el problema es que sólo nos fijamos en lo malo, decimos que la escuela es muy aburrida, que nos dan muchos deberes, que no te deja tiempo para jugar y estar en la calle. Pero si nos paramos a pensar nos daremos cuenta de que sin la escuela no podríamos hacer nada. El ejemplo más común es el del trabajo : imaginaros que yo tengo un apanaderíay una persona me compra pan. ¿Cómo sé cuánto tiene que pagarme? O si soy el cliente ¿cómo sé si le estoy dando el dinero necesario? Pero no sólo con el dinero, también con muchas otras cosas. Por ejemplo, un día yo quiero ir a Jaca, pero como no sé leer el cartel de la carretera pues me voy para Berdún, y al final acabo en Pamplona.
Esto os lo cuento para que os deis cuentade que la escuela es importante en la vida de todos. Y lo de que nos quita mucho tiempo, realmente yo creo que uno no necesita tanto tiempo, al final acabaríamos aburriéndonos. Y lo de que es aburrida... ¿acaso estar rodeado de niños es aburrido? Porque ¿a qué la mayoría de vuestros amigos los conocéis en la escuela? No digo que a todos pero ¿a que muchos sí? Además e la escuela no sólo conoces gente de tu pueblo o ciudad, sino que también conoces gente de otros colegios, pueblos, ciudades e incluso gente de otros países.
Yo no digo que estar todo el día sentado haciendo un ejercicio detrás de otro no sea aburrido, pero es que en la escuela no se está todo el sía sentado haciendo ejercicios. Yo no conozco muchos colegios, pero en todos los que conozco se hacen un montón de actividades divertidas. Y también se está sentado, lo reconozco, pero no haciendo un ejercicio detrás de otro como dicen algunos sino aprendiendo un montón de cosas superinteresantes y que nos pueden ser de mucha ayuda en el futuro.
Así que espero que después de todo este rollo que os he soltado os lo penséis dos veces antes de contestar si alguien os pregunta: ¿qué te parece la escuela? (Fdo. Una persona que la echará mucho de menos)
domingo 12 de junio de 2011
martes 3 de mayo de 2011
"Más de cien razones" en Tardes de Blog
El próximo martes, 10 de mayo, Víctor Juan, Director del Museo Pedagógico de Aragón participará en una sesión de Tardes de Blog
XXII edición de Tardes de Blog
Víctor Juan,
Director del Museo Pedagógico de Aragón
puso en marcha el blog
“Más de cien razones”
Una puerta abierta para profesores y alumnos. Los primeros que nos cuentan porque quieren ser maestros, y los segundos bucean en sus recuerdos escolares.
Una buena excusa para hablar de la escuela, su historia y evolución.
Martes 10 de mayo a las 19:30 horas.
El Pequeño Teatro de los Libros
C/Silvestre Pérez 21
Las Fuentes
Zaragoza
Autobuses: 22, 24, 30, 44, Ci1 y Ci2
Parada Bizi: 36
XXII edición de Tardes de Blog
Víctor Juan,
Director del Museo Pedagógico de Aragón
puso en marcha el blog
“Más de cien razones”
Una puerta abierta para profesores y alumnos. Los primeros que nos cuentan porque quieren ser maestros, y los segundos bucean en sus recuerdos escolares.
Una buena excusa para hablar de la escuela, su historia y evolución.
Martes 10 de mayo a las 19:30 horas.
El Pequeño Teatro de los Libros
C/Silvestre Pérez 21
Las Fuentes
Zaragoza
Autobuses: 22, 24, 30, 44, Ci1 y Ci2
Parada Bizi: 36
miércoles 26 de enero de 2011
Yo, maestro rural, por José María Martínez Martí
Tras varios años deambulando entre olivos, melocotoneros, pinos y sabinas, me adentré en las tierras del Altiplano cuando llegaron los dinosaurios.
Corría el curso 1993 y se quedaban dos réplicas de Iguanodón y Aragosaurus para apacentar plácidamente entre los chopos cabeceros y el río Alfambra en el pueblo de Galve. Ese fue el mismo año en que mi destino empezaba a formar parte de donde hoy continúo y soy, del CRA Teruel 1.
Me gusta trabajar aquí. Tal vez porque soy un gran amante de lo natural. Es difícil dar forma a los sentimientos, recuerdos y vivencias. Eso se lleva dentro inundando el alma y el ser por completo. Ser maestro rural es una esencia que te impregna o evapora conforme pasan los años.
A mí me sedujo el perfume de las parameras y los trigales. Las majadas fondeando en cielos azules, la alondra que viene todas las primaveras y el paso de las grullas en noviembre hacia la laguna de Gallocanta. He visto casi todos los colores cambiar y pintarse en los campos al ritmo de multitud de sinfonías ofrecidas por jilgueros y verdecillos.
Satisfecho de pertenecer a una gran familia. Una familia de vínculos profesionales y afectivos muy fuertes. Porque somos comunidad educativa. Alcaldes siempre dispuestos a ofrecer sus servicios, padres colaboradores hasta la saciedad, alumnos con ganas de crecer, compañeros afables y demás vecinos en general atentos y cordiales.
Aquí cuando se estrecha la mano es para siempre. El saludo es verdadero y la conversación espontánea.
Algo funcionará bien cuando antiguos alumnos nos siguen saludando y acercándose a nosotros después de tantos años. Se ha tejido una maraña de relaciones en nuestra escuela que han forjado grandes amistades los hombres y mujeres que ayer fueron niños y niñas.
Aquí todo transcurre con más calma y humanidad. La cercanía es nuestra gran aliada. Somos actores de teatro que sentimos muy de cerca los aplausos y silbidos. Es un escenario real.
La escuela rural es grande, muy pedagógica y científica. Lo aseguro con rotundidad y sin complejos. Demostrado desde hace años. Nuestras escuelas de pueblo han servido de laboratorio a veces para implantar programas educativos y planes que luego han tenido una trascendencia en los aprendizajes muy positiva.
Aquí se aprende de verdad. Pero sobre todo, se aprende a ser persona. Ser de provecho para el mañana cercano.
Y claro que se forjan los primeros cimientos para nuevos aprendizajes. Y
claro que muchos terminan carreras universitarias. Y claro que otros han
preferido dedicarse a ser hoy fabulosos agricultores, albañiles, granjeros o conductores.
Pero todos tienen algo en común: están unidos por un único cordón umbilical, la pertenencia a una tierra, a un espacio común que los ha protegido y los sigue cobijando desde siempre y para siempre.
Mi emoción sólo me hace navegar con velas pintadas de sentimientos. Porque aquí he hecho muy buenos amigos. Mis abuelos fueron maestros rurales. Mi padre también. Y ahora recojo yo el testigo de la vocación rural. Contratiempos, pues también los hay. Pero el fin último es el reconocimiento de los niños y niñas. Esas sonrisas mañaneras que te ofrecen, los abrazos y complicidades.
Yo, maestro rural. Yo, me quedo aquí.
Corría el curso 1993 y se quedaban dos réplicas de Iguanodón y Aragosaurus para apacentar plácidamente entre los chopos cabeceros y el río Alfambra en el pueblo de Galve. Ese fue el mismo año en que mi destino empezaba a formar parte de donde hoy continúo y soy, del CRA Teruel 1.
Me gusta trabajar aquí. Tal vez porque soy un gran amante de lo natural. Es difícil dar forma a los sentimientos, recuerdos y vivencias. Eso se lleva dentro inundando el alma y el ser por completo. Ser maestro rural es una esencia que te impregna o evapora conforme pasan los años.
A mí me sedujo el perfume de las parameras y los trigales. Las majadas fondeando en cielos azules, la alondra que viene todas las primaveras y el paso de las grullas en noviembre hacia la laguna de Gallocanta. He visto casi todos los colores cambiar y pintarse en los campos al ritmo de multitud de sinfonías ofrecidas por jilgueros y verdecillos.
Satisfecho de pertenecer a una gran familia. Una familia de vínculos profesionales y afectivos muy fuertes. Porque somos comunidad educativa. Alcaldes siempre dispuestos a ofrecer sus servicios, padres colaboradores hasta la saciedad, alumnos con ganas de crecer, compañeros afables y demás vecinos en general atentos y cordiales.
Aquí cuando se estrecha la mano es para siempre. El saludo es verdadero y la conversación espontánea.
Algo funcionará bien cuando antiguos alumnos nos siguen saludando y acercándose a nosotros después de tantos años. Se ha tejido una maraña de relaciones en nuestra escuela que han forjado grandes amistades los hombres y mujeres que ayer fueron niños y niñas.
Aquí todo transcurre con más calma y humanidad. La cercanía es nuestra gran aliada. Somos actores de teatro que sentimos muy de cerca los aplausos y silbidos. Es un escenario real.
La escuela rural es grande, muy pedagógica y científica. Lo aseguro con rotundidad y sin complejos. Demostrado desde hace años. Nuestras escuelas de pueblo han servido de laboratorio a veces para implantar programas educativos y planes que luego han tenido una trascendencia en los aprendizajes muy positiva.
Aquí se aprende de verdad. Pero sobre todo, se aprende a ser persona. Ser de provecho para el mañana cercano.
Y claro que se forjan los primeros cimientos para nuevos aprendizajes. Y
claro que muchos terminan carreras universitarias. Y claro que otros han
preferido dedicarse a ser hoy fabulosos agricultores, albañiles, granjeros o conductores.
Pero todos tienen algo en común: están unidos por un único cordón umbilical, la pertenencia a una tierra, a un espacio común que los ha protegido y los sigue cobijando desde siempre y para siempre.
Mi emoción sólo me hace navegar con velas pintadas de sentimientos. Porque aquí he hecho muy buenos amigos. Mis abuelos fueron maestros rurales. Mi padre también. Y ahora recojo yo el testigo de la vocación rural. Contratiempos, pues también los hay. Pero el fin último es el reconocimiento de los niños y niñas. Esas sonrisas mañaneras que te ofrecen, los abrazos y complicidades.
Yo, maestro rural. Yo, me quedo aquí.
miércoles 22 de diciembre de 2010
Me hice maestra, por Blanca Gaspar
Nací en Huesca y pasé toda mi infancia y adolescencia en Barbastro. Provengo de una familia de obreros y tengo un hermano menor.
En el momento de iniciar la escuela mis padres decidieron, no sin apuros, escolarizarnos a mi hermano en los escolapios y a mí en las monjas. Pensaron que una enseñanza privada sería lo mejor.
Por aquellos años me tocó vivir una escuela, sin sentido, donde todo se aprendía de memoria, se entendiera o no, convirtiéndonos en recitadores, con una memoria visual ejemplar.
Aún recuerdo una lección de historia que decía así:
«Cartago vencida pero no aniquilada se preparó para el desquite con tal objeto el general cartaginés Amílcar Barca…».
No he borrado de mi memoria ni éste ni otros tantos fragmentos similares. Como se puede suponer no tenía ni idea del significado de «aniquilada» ni de «desquite» ni sabía dónde estaba Cartago ni por supuesto lo relacionaba con un general que era cartaginés.
Recuerdo una escuela que reprimía los sentimientos. Recuerdo los castigos, que eran muchos y variados. También recuerdo a Sor Josefa, una hermana cercana que me escuchaba y era amable con nosotras.
Ante la negativa de continuar en el colegio, pasé al instituto. Descubrí un mundo diferente… ¡había chicos! Los profesores eran más cercanos, no había tanta memorieta pero sí miedo. Algunos profesores nos tenían aguantando la respiración porque su sola presencia nos imponía muchísimo.
Llegó la hora de estudiar una carrera. Me apasionaban las matemáticas pero teniendo en cuenta que mi hermano venía detrás, supuse que una carrera más corta, magisterio, me permitiría trabajar y desahogar un poco la economía familiar. En un futuro haría matemáticas.
A pesar de que no tenía vocación de maestra empecé magisterio en Huesca. Intenté hacerlo bien y al llegar a tercero debíamos hacer las prácticas. ¡Me encantaron! Ese contacto con los niños, esas personitas que te escuchaban como si fueras una persona importante, que te explicaban sus secretos, que querían saber de tu vida, que derrochaban cariño…. ¡Me enganché! Fueron unas prácticas muy disfrutadas y cada día me sentía más entusiasmada.
Olvidé las matemáticas y decidí dedicarme al magisterio. Quería comprobar si aquella primera ilusión no se disipaba.
Al salir de la escuela de magisterio no tenía muy claro qué hacer, cómo orientar mis clases pero tenía muy, muy claro lo que jamás haría.
Así empezó mi andadura laboral por la provincia de Huesca. Mi primer destino fue Albelda, durante un trimestre, en una escuela rural con cursos compartidos.No fue fácil preparar tareas para edades diferentes.
El resto del curso trabajé en un colegio de Monzón. Me tocó infantil y tenía que enfrentarme al aprendizaje de la lectura y escritura. Me dieron instrucciones de la metodología que seguían; yo debía limitarme a continuarla.
Recuerdo al pobre Fidel, con sus pelos pinchos, sus ojillos inocentes y lo mal que lo pasaba cuando oía su nombre y debía venir a leer con su cartilla. No lo podía evitar y acto seguido se le escapaba el pipí y se ponía a llorar desconsoladamente.
Yo no tenía en mis manos la solución pero sabía que algo no iba bien.
El siguiente curso me tocó la escuela hogar de Benabarre. No me dedicaba a la enseñanza sino al monitorage. Me fue bien convivir con alumnos de diferentes edades porque aprendí mucho de sus inquietudes y necesidades.
El tercer y cuarto año mi destino fue Torrente de Cinca, un pueblecito al lado de Fraga. Me encontré con una escuela rural de 5 maestros. Era la primera vez que no iba a hacer una sustitución.
Me tocó infantil 4-5 años. Me moví y busqué el material más novedoso. Estaba muy ilusionada pero a la vez expectante.
Compartí escuela con Sebastián Gertrúdix,que se encargaba de los más mayores. En su clase hacían cosas diferentes, no llevaban libros de texto, todo lo confeccionaban ellos, hablaban de asambleas… Se les veía entusiasmados y yo no había visto nada parecido.
Recuerdo que cuando salían mis pequeños, tenía la necesidad de ir a su clase. Me mezclaba entre ellos y observaba todo lo que habían hecho. Poco a poco me convertí en una alumna más.
Sebastián me habló de su experiencia y de cómo él enfocaba los diferentes aprendizajes. Él me introdujo en las técnicas Freinet y me explicó cómo abordar, de una forma diferente, el aprendizaje de la lectura y escritura.
La idea me apasionó y después del primer trimestre hice una reunión con los padres para comunicarles mi decisión del cambiar de metodología.
No fue fácil pero siempre me sentí guiada y orientada por Sebastián. Fue mi verdadero maestro y a él le debo el descubrimiento de un nuevo fundamento de la enseñanza. Fue así como levanté los cimientos de mi futuro profesional.
No tardé en comprobar que estaba en el camino correcto. Esto sí me gustaba… ¡Me
apasionaba! y deseaba entrar, cada nuevo día, en clase para seguir experimentando con mis alumnos esa nueva manera de trabajar. Pude comprobar, con gran satisfacción, como los niños aprendían a leer de una forma natural, sin agobios , sin cartillas, sin traumas, cada uno a su ritmo, en un ambiente distendido y muy, muy motivador.
Fueron dos años muy intensos, de aprendizaje «a pie de obra» y de ir descubriendo con mis pequeños lo maravilloso del aprendizaje compartido.
Participaba en sesiones de trabajo con otros compañeros de la zona que entendían de igual modo la enseñanza. Fue muy gratificante poder compartir e intercambiar experiencias.
Tras esta experiencia, que marcó mi vida profesional, pedí traslado a Barcelona. Mi nuevo destino fue Castelldefels. En el colegio Margalló encontré compañeros que aplicaban las técnicas Freinet. Juntos hemos recorrido un largo camino y hemos luchado por la renovación pedagógica.
Me considero una maestra vocacional. No nací para ser maestra pero me hice maestra y me siento afortunada por tener un trabajo que me apasiona. El magisterio me llena a nivel profesional y personal y me ayuda a ser mejor persona.
El momento de entrar en clase y compartir con mis alumnos todas sus vivencias, es mágico. Me siento querida, respetada, admirada de la misma forma que yo mimo, respeto y admiro a mis alumnos. Siempre aprendo algo nuevo, siempre hay algo que compartir…lo importante es hacer el camino juntos.
Los alumnos son incondicionales y no hay secretos. Es fundamental escucharlos a ellos y a sus familias para entablar un clima de amistad y cooperación.
Corren tiempos difíciles para la escuela pública pero siempre he mantenido viva la ilusión y cuando hago balance de mi vida profesional compruebo que no me siento identificada con los maestros que tuve. Intento ser diferente, como Sor Josefa y tengo muy presente lo importante que somos para ellos, para lo bueno y para lo malo. Nuestra huella permanecerá en ellos.
En el momento de iniciar la escuela mis padres decidieron, no sin apuros, escolarizarnos a mi hermano en los escolapios y a mí en las monjas. Pensaron que una enseñanza privada sería lo mejor.
Por aquellos años me tocó vivir una escuela, sin sentido, donde todo se aprendía de memoria, se entendiera o no, convirtiéndonos en recitadores, con una memoria visual ejemplar.
Aún recuerdo una lección de historia que decía así:
«Cartago vencida pero no aniquilada se preparó para el desquite con tal objeto el general cartaginés Amílcar Barca…».
No he borrado de mi memoria ni éste ni otros tantos fragmentos similares. Como se puede suponer no tenía ni idea del significado de «aniquilada» ni de «desquite» ni sabía dónde estaba Cartago ni por supuesto lo relacionaba con un general que era cartaginés.
Recuerdo una escuela que reprimía los sentimientos. Recuerdo los castigos, que eran muchos y variados. También recuerdo a Sor Josefa, una hermana cercana que me escuchaba y era amable con nosotras.
Ante la negativa de continuar en el colegio, pasé al instituto. Descubrí un mundo diferente… ¡había chicos! Los profesores eran más cercanos, no había tanta memorieta pero sí miedo. Algunos profesores nos tenían aguantando la respiración porque su sola presencia nos imponía muchísimo.
Llegó la hora de estudiar una carrera. Me apasionaban las matemáticas pero teniendo en cuenta que mi hermano venía detrás, supuse que una carrera más corta, magisterio, me permitiría trabajar y desahogar un poco la economía familiar. En un futuro haría matemáticas.
A pesar de que no tenía vocación de maestra empecé magisterio en Huesca. Intenté hacerlo bien y al llegar a tercero debíamos hacer las prácticas. ¡Me encantaron! Ese contacto con los niños, esas personitas que te escuchaban como si fueras una persona importante, que te explicaban sus secretos, que querían saber de tu vida, que derrochaban cariño…. ¡Me enganché! Fueron unas prácticas muy disfrutadas y cada día me sentía más entusiasmada.
Olvidé las matemáticas y decidí dedicarme al magisterio. Quería comprobar si aquella primera ilusión no se disipaba.
Al salir de la escuela de magisterio no tenía muy claro qué hacer, cómo orientar mis clases pero tenía muy, muy claro lo que jamás haría.
Así empezó mi andadura laboral por la provincia de Huesca. Mi primer destino fue Albelda, durante un trimestre, en una escuela rural con cursos compartidos.No fue fácil preparar tareas para edades diferentes.
El resto del curso trabajé en un colegio de Monzón. Me tocó infantil y tenía que enfrentarme al aprendizaje de la lectura y escritura. Me dieron instrucciones de la metodología que seguían; yo debía limitarme a continuarla.
Recuerdo al pobre Fidel, con sus pelos pinchos, sus ojillos inocentes y lo mal que lo pasaba cuando oía su nombre y debía venir a leer con su cartilla. No lo podía evitar y acto seguido se le escapaba el pipí y se ponía a llorar desconsoladamente.
Yo no tenía en mis manos la solución pero sabía que algo no iba bien.
El siguiente curso me tocó la escuela hogar de Benabarre. No me dedicaba a la enseñanza sino al monitorage. Me fue bien convivir con alumnos de diferentes edades porque aprendí mucho de sus inquietudes y necesidades.
El tercer y cuarto año mi destino fue Torrente de Cinca, un pueblecito al lado de Fraga. Me encontré con una escuela rural de 5 maestros. Era la primera vez que no iba a hacer una sustitución.
Me tocó infantil 4-5 años. Me moví y busqué el material más novedoso. Estaba muy ilusionada pero a la vez expectante.
Compartí escuela con Sebastián Gertrúdix,que se encargaba de los más mayores. En su clase hacían cosas diferentes, no llevaban libros de texto, todo lo confeccionaban ellos, hablaban de asambleas… Se les veía entusiasmados y yo no había visto nada parecido.
Recuerdo que cuando salían mis pequeños, tenía la necesidad de ir a su clase. Me mezclaba entre ellos y observaba todo lo que habían hecho. Poco a poco me convertí en una alumna más.
Sebastián me habló de su experiencia y de cómo él enfocaba los diferentes aprendizajes. Él me introdujo en las técnicas Freinet y me explicó cómo abordar, de una forma diferente, el aprendizaje de la lectura y escritura.
La idea me apasionó y después del primer trimestre hice una reunión con los padres para comunicarles mi decisión del cambiar de metodología.
No fue fácil pero siempre me sentí guiada y orientada por Sebastián. Fue mi verdadero maestro y a él le debo el descubrimiento de un nuevo fundamento de la enseñanza. Fue así como levanté los cimientos de mi futuro profesional.
No tardé en comprobar que estaba en el camino correcto. Esto sí me gustaba… ¡Me
apasionaba! y deseaba entrar, cada nuevo día, en clase para seguir experimentando con mis alumnos esa nueva manera de trabajar. Pude comprobar, con gran satisfacción, como los niños aprendían a leer de una forma natural, sin agobios , sin cartillas, sin traumas, cada uno a su ritmo, en un ambiente distendido y muy, muy motivador.
Fueron dos años muy intensos, de aprendizaje «a pie de obra» y de ir descubriendo con mis pequeños lo maravilloso del aprendizaje compartido.
Participaba en sesiones de trabajo con otros compañeros de la zona que entendían de igual modo la enseñanza. Fue muy gratificante poder compartir e intercambiar experiencias.
Tras esta experiencia, que marcó mi vida profesional, pedí traslado a Barcelona. Mi nuevo destino fue Castelldefels. En el colegio Margalló encontré compañeros que aplicaban las técnicas Freinet. Juntos hemos recorrido un largo camino y hemos luchado por la renovación pedagógica.
Me considero una maestra vocacional. No nací para ser maestra pero me hice maestra y me siento afortunada por tener un trabajo que me apasiona. El magisterio me llena a nivel profesional y personal y me ayuda a ser mejor persona.
El momento de entrar en clase y compartir con mis alumnos todas sus vivencias, es mágico. Me siento querida, respetada, admirada de la misma forma que yo mimo, respeto y admiro a mis alumnos. Siempre aprendo algo nuevo, siempre hay algo que compartir…lo importante es hacer el camino juntos.
Los alumnos son incondicionales y no hay secretos. Es fundamental escucharlos a ellos y a sus familias para entablar un clima de amistad y cooperación.
Corren tiempos difíciles para la escuela pública pero siempre he mantenido viva la ilusión y cuando hago balance de mi vida profesional compruebo que no me siento identificada con los maestros que tuve. Intento ser diferente, como Sor Josefa y tengo muy presente lo importante que somos para ellos, para lo bueno y para lo malo. Nuestra huella permanecerá en ellos.
lunes 6 de septiembre de 2010
¡Quiero ser maestra !, por Sacra Rodríguez Suárez
Recuerdo que de pequeña me preguntaban qué quería ser de mayor, y siempre respondía ¡Yo maestra!
Así, desde mi infancia quedé fascinada y atrapada por esta profesión donde el dar y el recibir, ofrecer y presentar, enseñar y aprender, comunicar y transmitir, crecer y progresar, crear y elaborar, escuchar y dar la palabra, acompañar y guiar… se dan en partes iguales, y donde se está continuamente en evolución, enriquecimiento y crecimiento personal si realmente te gusta y disfrutas ejerciéndola.
Jugaba a las maestras y las imitaba en sus gestos y acciones.
Recuerdo también que en Reyes, siempre mis padres, aparte de juguetes nos regalaban algo para el Cole, y yo me sentía feliz con una simple caja de lápices “Alpinos”.
Cuando explicaban mis maestros-as algún tema, siempre me quedaba absorta, porque sentía que esa comunicación, esa complicidad, ese diálogo, esa acción pedagógica eran irrepetibles y casi mágica.
En todas mis etapas escolares, nunca tuve la figura de un maestro-a que me marcara o dejara huella. Todos-as se basaban en realizar una escuela donde la pizarra, la silla, la mesa y el libro de texto eran el denominador común y donde la rutina, la repetición, los exámenes, las redacciones, el salir a decir la lección o preguntarla oralmente, los problemas matemáticos sin sentidos, las calificaciones PA y NM eran los elementos motivadores y esta tediosa cadena se rompía con la realización de alguna excursión o la fiesta Fin de Curso, a pesar de todo, les cogí aprecio y cariño a algunas maestras-os (sobre todo en Primaria) y forman parte de mi memoria sentimental.
Al decidir carrera, elegí Magisterio con convencimiento (aunque por la nota de selectividad tenía otras posibilidades). Aprobé las oposiciones (nunca fui interina) y me vi por primera vez sola en un aula y con un grupo de niños-as, no sentía “miedo escénico”, sabía que aprenderíamos juntos, estaba feliz (a pesar de que ni el centro ni el pueblo eran los mejores) y lo viví con responsabilidad y alegría.
Ahora en mi trabajo, si tengo a maestros-as como modelos: Mª Carmen Díez, Isabel Agüera, Mariano Coronas, Cristóbal Gómez, Sebastián Gertrúdix, Blanca Gaspar, Pilar Fontevedra, Elisa Vián, Rosa Serdio, Carmen Valderrey… en ellos-as me reflejo, aprendo, intercambio, dialogo, me identifico y sobre todo los admiro, muchos son amigos-as personales ¡el magisterio da estos lujos!
Son maestros-as “a pie de obra”, como dice uno de ellos, que entiende su oficio como mucho más que una forma de ganarse la vida y que van a trabajar en vez de ir al trabajo.
En mi segundo año como maestra, un compañero me dijo: “Ahora tienes esta ilusión y vitalidad porque llevas poco años, cuando lleves los que yo, todo habrá desaparecido, porque es una profesión que quema mucho”. Hasta hoy, siento y tengo la misma ilusión al empezar cada curso e ir cada día a la escuela (aunque el camino andando no ha sido fácil) es una profesión en la que creo y sigo creyendo, porque despiertas las ganas de aprender, la fuerza interior para desarrollar un proyecto, cuando la familia colabora y participa,cuando fluye el entusiasmo por un tema, y sobre todo cuando te conviertes en su guía y acompañante para superar sus dificultades, saliendo ellos-as de sí mismos para aprender del mundo y la vida, y como dice Isabel Agüera “El verdadero maestro es el que sabe que también es alumno”. Pero no me gusta, la burocracia que asfixia a la escuela, las excesivas reuniones porque sí, el reciclaje unido a incentivos económicos, la incomprensión y las competencias internas, el realizar actividades por inercia, y que la figura del maestro-a no esté valorada…
En este curso, mi alumna Alejandra Sánchez Moreno, al enseñarme su trabajo terminado, se acerca a mí, y poniendo su mano sobre mi brazo, me dice :” sabes, yo quiero ser maestra como tú”… no sé si esto se cumplirá, pero me gustaría que si la eliges como profesión (poniendo las mismas ganas que cuando me lo dijiste) seguro que no te arrepentirás, y a mí sinceramente, me gustaría verlo, porque ser Maestra, no lo olvides Alejandra, es algo grande.
Así, desde mi infancia quedé fascinada y atrapada por esta profesión donde el dar y el recibir, ofrecer y presentar, enseñar y aprender, comunicar y transmitir, crecer y progresar, crear y elaborar, escuchar y dar la palabra, acompañar y guiar… se dan en partes iguales, y donde se está continuamente en evolución, enriquecimiento y crecimiento personal si realmente te gusta y disfrutas ejerciéndola.
Jugaba a las maestras y las imitaba en sus gestos y acciones.
Recuerdo también que en Reyes, siempre mis padres, aparte de juguetes nos regalaban algo para el Cole, y yo me sentía feliz con una simple caja de lápices “Alpinos”.
Cuando explicaban mis maestros-as algún tema, siempre me quedaba absorta, porque sentía que esa comunicación, esa complicidad, ese diálogo, esa acción pedagógica eran irrepetibles y casi mágica.
En todas mis etapas escolares, nunca tuve la figura de un maestro-a que me marcara o dejara huella. Todos-as se basaban en realizar una escuela donde la pizarra, la silla, la mesa y el libro de texto eran el denominador común y donde la rutina, la repetición, los exámenes, las redacciones, el salir a decir la lección o preguntarla oralmente, los problemas matemáticos sin sentidos, las calificaciones PA y NM eran los elementos motivadores y esta tediosa cadena se rompía con la realización de alguna excursión o la fiesta Fin de Curso, a pesar de todo, les cogí aprecio y cariño a algunas maestras-os (sobre todo en Primaria) y forman parte de mi memoria sentimental.
Al decidir carrera, elegí Magisterio con convencimiento (aunque por la nota de selectividad tenía otras posibilidades). Aprobé las oposiciones (nunca fui interina) y me vi por primera vez sola en un aula y con un grupo de niños-as, no sentía “miedo escénico”, sabía que aprenderíamos juntos, estaba feliz (a pesar de que ni el centro ni el pueblo eran los mejores) y lo viví con responsabilidad y alegría.
Ahora en mi trabajo, si tengo a maestros-as como modelos: Mª Carmen Díez, Isabel Agüera, Mariano Coronas, Cristóbal Gómez, Sebastián Gertrúdix, Blanca Gaspar, Pilar Fontevedra, Elisa Vián, Rosa Serdio, Carmen Valderrey… en ellos-as me reflejo, aprendo, intercambio, dialogo, me identifico y sobre todo los admiro, muchos son amigos-as personales ¡el magisterio da estos lujos!
Son maestros-as “a pie de obra”, como dice uno de ellos, que entiende su oficio como mucho más que una forma de ganarse la vida y que van a trabajar en vez de ir al trabajo.
En mi segundo año como maestra, un compañero me dijo: “Ahora tienes esta ilusión y vitalidad porque llevas poco años, cuando lleves los que yo, todo habrá desaparecido, porque es una profesión que quema mucho”. Hasta hoy, siento y tengo la misma ilusión al empezar cada curso e ir cada día a la escuela (aunque el camino andando no ha sido fácil) es una profesión en la que creo y sigo creyendo, porque despiertas las ganas de aprender, la fuerza interior para desarrollar un proyecto, cuando la familia colabora y participa,cuando fluye el entusiasmo por un tema, y sobre todo cuando te conviertes en su guía y acompañante para superar sus dificultades, saliendo ellos-as de sí mismos para aprender del mundo y la vida, y como dice Isabel Agüera “El verdadero maestro es el que sabe que también es alumno”. Pero no me gusta, la burocracia que asfixia a la escuela, las excesivas reuniones porque sí, el reciclaje unido a incentivos económicos, la incomprensión y las competencias internas, el realizar actividades por inercia, y que la figura del maestro-a no esté valorada…
En este curso, mi alumna Alejandra Sánchez Moreno, al enseñarme su trabajo terminado, se acerca a mí, y poniendo su mano sobre mi brazo, me dice :” sabes, yo quiero ser maestra como tú”… no sé si esto se cumplirá, pero me gustaría que si la eliges como profesión (poniendo las mismas ganas que cuando me lo dijiste) seguro que no te arrepentirás, y a mí sinceramente, me gustaría verlo, porque ser Maestra, no lo olvides Alejandra, es algo grande.
miércoles 4 de agosto de 2010
Un oficio privilegiado, por Mariano Coronas Cabrero
Yo creo que las vivencias significativas en las que participamos a lo largo de la vida forman un sustrato fértil sobre el que nos vamos edificando. Y las de la infancia, es posible que tengan un especial e importante peso específico.
Cuando yo era pequeño, en las reuniones familiares espontáneas, en la cocina con cadieras de mi casa, se hablaba frecuentemente de maestros y maestras. Era razonable, ya que para quienes habían sido niños o niñas en las décadas de los veinte y los treinta, era hablar de personas instruidas, que gozaban de reconocimiento en los pueblos donde trabajaban, y que realizaban una labor generalmente muy reconocida: enseñaban a leer, a escribir y algunas nociones generales de otras disciplinas: geografía, historia… Lo necesario, en definitiva, para salir del estado de analfabetismo en el que se encontraba buena parte de la población del país. En términos generales, se hablaba de maestros y maestras con respeto y admiración, reconociendo esa labor, dura y difícil, de alfabetizadores de la sociedad.
Mi madre, natural de Escanilla, nombraba a Doña Milagros. Una maestra de buen trato con el alumnado y con una letra realmente exquisita. Ella fue la maestra única del pueblo por un tiempo superior a los veinte años. Mi padre, natural de Labuerda, recordaba a Don Ramón, el único maestro que conoció y nos contaba, como curiosidad, que había tenido cinco hijos y “los cinco se había hecho maestros”. El citado D. Ramón era un hombre estricto y los hacía estudiar con horarios definidos. En ocasiones, para evitar que se distrajesen, los acompañaba a una covacha natural que hay (hoy escondida por la maleza) a las afueras del pueblo y que acabó llamándose “la cueva de los estudiantes” por esa querencia que mostraron estos cinco aspirantes a graduados, como lugar de recogido y silencioso estudio.
El primer año de mi escolaridad no fue completo puesto que la inicié a comienzos de la primavera, con el maestro Don Alberto. El curso siguiente llegó un maestro nuevo que se llamaba Don José María Lanao. Era de Labuerda y hasta entonces había estado trabajando en otras localidades de la provincia de Huesca. En Labuerda tenía aún buena parte de su familia. Yo tenía 7 y 8 años cuando estuve con él. Recuerdo algunas cosas de aquel tiempo: una fiesta de carnaval en la que nos disfrazamos con ropas de nuestros mayores y comimos chocolate, una obra de teatro que repetimos dos veces y con la que sacamos dinero para hacer una excursión al Valle de Ordesa y recuerdo su invitación a ayudar en la lectura a algunos compañeros que no se manejaban con soltura todavía. Guardo de esa época un cuaderno de limpio que es para mí muy valioso. Lo recuerdo como una persona afable, que nos dispensaba un buen trato y con el que íbamos a la escuela a aprender sin miedo. Un sábado de octubre de 1963, con poco más de cuarenta años, falleció de “muerte repentina” (imagino que hoy sería un infarto de miocardio o algo similar), dejándonos absolutamente huérfanos: ¡Cómo podía morirse el maestro!
Dos años más tarde, ante el desbarajuste de interinos y sustitutos y temporadas sin maestro, mis padres acordaron llevarme a la escuela de Escanilla. Completaba así el itinerario familiar de estar en las dos escuelas donde habían estudiado mis padres: Labuerda y Escanilla. Allí estaba la maestra Mª Pilar Caro, guapa y simpática, que se alojaba en la casa de mis tíos y primos, en casa Buil. De modo que “me iba a vivir un tiempo con la maestra”, ya que compartíamos alojamiento y escuela. Sólo estuve unos meses, hasta que finalizó mi último año y fue ella la que me acompañó hasta L´Aínsa a examinarme de ingreso de bachillerato y a Barbastro a hacer un examen para obtener beca, alojándome en una alcoba de su casa, tras un viaje inolvidable más, atravesando aquel tortuoso y torturante Alto del Pino que tanto sufrimos los pobladores de Sobrarbe cuando queríamos llegar a Tierra Baja. En la escuela de Escanilla éramos seis alumnos y fuimos muy felices. Me acuerdo que Mª Pilar corregía nuestros cuadernos y cuando ella consideraba que era merecedor de ello, premiaba nuestro trabajo con un MB (Muy Bien) y cuando teníamos unos cuantos en nuestro cuaderno, recibíamos un regalo. Mi recuerdo de aquellos meses es siempre muy emotivo, muy feliz y de mucha gratitud hacia ella.
Comencé mis estudios de bachillerato en L´Aínsa y en segundo curso llegó un profesor diferente: Ánchel Conte. Él nos dispensó un trato especial, nos ilusionó con aprender y se desvivió por enseñar de una manera distinta: mirando al entorno, utilizando materiales nuevos, convirtiendo sus clases en tiempos deseados… El recuerdo de sus clases, de su fuerza e implicación, de su metodología… siempre han sido para mí una referencia fresca y positiva.
De modo que, entre los recuerdos escolares de mis padres y mis experiencias personales, especialmente las vividas al lado de José María, María Pilar y Ánchel, parecía todo encaminado al hecho de que estudiara magisterio. También influyó en ello, la circunstancia de poder estudiarlo en Huesca y el provenir de una familia de recursos económicos limitados que no podía permitirse salidas más lejanas ni gastos superiores. A mis padres, que hacían un esfuerzo más que considerable para poder atender las necesidades económicas de sus cuatro hijos estudiantes y que nos animaban constantemente a que estudiáramos para ver si podíamos mejorar las condiciones duras de vida que ellos soportaron, pegados a la tierra y a los animales, les parecía bien que orientara mi futuro hacia una profesión que ellos respetaban y de la que guardaban un buen recuerdo: la de maestro.
Estudié en la Escuela Normal de Huesca y comencé mis estudios coincidiendo con la última promoción del Plan 67. Terminé en 1974, antes de cumplir mis veinte años. Trabajé el curso 74-75 en la escuela graduada de Boltaña, como interino, siendo tutor de 33 alumnos y alumnas de 5º de EGB. Después estuve poco más de un mes en L´Aínsa, hice el servicio militar, trabajé seis meses en Tamarite de Litera; me destinaron por concurso de traslados a Canovelles (Barcelona) y, tras cuatro años inolvidables en esa localidad catalana, en septiembre de 1981, recalé en Fraga, donde todavía trabajo en el CEIP Miguel Servet.
Después de un largo recorrido laboral, debo decir que las razones por las que todavía mantengo unos niveles altos de ilusión en mi trabajo pasan por la posibilidad diaria de compartir tiempo y pequeños proyectos con los chicos y chicas; porque todavía consigo –de tarde en tarde- iluminar su mirada; provocar ilusión intentando resolver algunos desafíos; poner los ingredientes para despertar la curiosidad suficiente que nos lleve a investigar o a recabar informaciones que nos permitan avanzar en nuestra aventura de relación y aprendizajes; disfrutar de las realizaciones colectivas; estimular la comunicación con otros niños y niñas, con otras aulas de otras escuelas; ayudar a canalizar la expresión de las emociones; promover el uso racional de las nuevas tecnologías; crear nuestros libros libres; fomentar la reflexión y la valoración de lo que vamos haciendo; defender emocionadamente la práctica de la lectura y de la escritura, como estrategias de obtención y divulgación de la información que debemos transformar en conocimiento y como herramientas de profundo significado en la realización personal de chicos y chicas; sembrar algo de coherencia y ofrecer un perfil personal que diariamente la certifique; involucrarme con otros compañeros y compañeras de profesión en pequeños proyectos de trabajo nacidos a partir de las ideas individuales o colectivas; dinamizar la biblioteca escolar como espacio civilizador y compensador, como centro cultural del colegio, como equipamiento que guarda y ofrece innumerables documentos informativos y recreativos; cultivar la sensibilidad de los chicos en lo concerniente al conocimiento y respeto de los valores naturales y medioambientales; tener presentes los intereses de los chicos y chicas del aula para incorporarlos, junto a sus conocimientos, a la planificación de nuestras estrategias de trabajo; intentar divulgar (a través de la autoedición, de la escritura de artículos para revistas, del blog o de la web) parte de nuestro trabajo e intercambiar algunos materiales diseñados… Y, en definitiva, practicar una pedagogía del sentido común.
Por estas y otras razones, uno aún se siente motivado –después de tantos años- a trabajar en la escuela, a levantarse cada mañana y salir al encuentro de un diario cúmulo de incertidumbres, porque eso es hoy día una escuela, un colegio. Hay que luchar contra una parcelación del saber en áreas y contra una fragmentación horaria que convierte los tiempos escolares en un pequeño suplicio para quienes venimos de una época diferente; una época en la que ser tutor o tutora suponía permanecer en el aula casi toda la jornada y tener la flexibilidad suficiente para organizar los horarios y atender los ritmos y hacerlo todo con algo más de sentido… Es posible que ya sea hora de repensar la frecuente organización “desorganizada” actual.
Vivimos tiempos complicados en nuestros centros escolares, pero siempre se abren nuevos frentes de trabajo e investigación que pueden motivarnos de manera especial; basta con mantener una actitud de permeabilidad, reconocer que nos dedicamos a un oficio privilegiado y trabajar con constancia y convencimiento para dignificarlo.
Cuando yo era pequeño, en las reuniones familiares espontáneas, en la cocina con cadieras de mi casa, se hablaba frecuentemente de maestros y maestras. Era razonable, ya que para quienes habían sido niños o niñas en las décadas de los veinte y los treinta, era hablar de personas instruidas, que gozaban de reconocimiento en los pueblos donde trabajaban, y que realizaban una labor generalmente muy reconocida: enseñaban a leer, a escribir y algunas nociones generales de otras disciplinas: geografía, historia… Lo necesario, en definitiva, para salir del estado de analfabetismo en el que se encontraba buena parte de la población del país. En términos generales, se hablaba de maestros y maestras con respeto y admiración, reconociendo esa labor, dura y difícil, de alfabetizadores de la sociedad.
Mi madre, natural de Escanilla, nombraba a Doña Milagros. Una maestra de buen trato con el alumnado y con una letra realmente exquisita. Ella fue la maestra única del pueblo por un tiempo superior a los veinte años. Mi padre, natural de Labuerda, recordaba a Don Ramón, el único maestro que conoció y nos contaba, como curiosidad, que había tenido cinco hijos y “los cinco se había hecho maestros”. El citado D. Ramón era un hombre estricto y los hacía estudiar con horarios definidos. En ocasiones, para evitar que se distrajesen, los acompañaba a una covacha natural que hay (hoy escondida por la maleza) a las afueras del pueblo y que acabó llamándose “la cueva de los estudiantes” por esa querencia que mostraron estos cinco aspirantes a graduados, como lugar de recogido y silencioso estudio.
El primer año de mi escolaridad no fue completo puesto que la inicié a comienzos de la primavera, con el maestro Don Alberto. El curso siguiente llegó un maestro nuevo que se llamaba Don José María Lanao. Era de Labuerda y hasta entonces había estado trabajando en otras localidades de la provincia de Huesca. En Labuerda tenía aún buena parte de su familia. Yo tenía 7 y 8 años cuando estuve con él. Recuerdo algunas cosas de aquel tiempo: una fiesta de carnaval en la que nos disfrazamos con ropas de nuestros mayores y comimos chocolate, una obra de teatro que repetimos dos veces y con la que sacamos dinero para hacer una excursión al Valle de Ordesa y recuerdo su invitación a ayudar en la lectura a algunos compañeros que no se manejaban con soltura todavía. Guardo de esa época un cuaderno de limpio que es para mí muy valioso. Lo recuerdo como una persona afable, que nos dispensaba un buen trato y con el que íbamos a la escuela a aprender sin miedo. Un sábado de octubre de 1963, con poco más de cuarenta años, falleció de “muerte repentina” (imagino que hoy sería un infarto de miocardio o algo similar), dejándonos absolutamente huérfanos: ¡Cómo podía morirse el maestro!
Dos años más tarde, ante el desbarajuste de interinos y sustitutos y temporadas sin maestro, mis padres acordaron llevarme a la escuela de Escanilla. Completaba así el itinerario familiar de estar en las dos escuelas donde habían estudiado mis padres: Labuerda y Escanilla. Allí estaba la maestra Mª Pilar Caro, guapa y simpática, que se alojaba en la casa de mis tíos y primos, en casa Buil. De modo que “me iba a vivir un tiempo con la maestra”, ya que compartíamos alojamiento y escuela. Sólo estuve unos meses, hasta que finalizó mi último año y fue ella la que me acompañó hasta L´Aínsa a examinarme de ingreso de bachillerato y a Barbastro a hacer un examen para obtener beca, alojándome en una alcoba de su casa, tras un viaje inolvidable más, atravesando aquel tortuoso y torturante Alto del Pino que tanto sufrimos los pobladores de Sobrarbe cuando queríamos llegar a Tierra Baja. En la escuela de Escanilla éramos seis alumnos y fuimos muy felices. Me acuerdo que Mª Pilar corregía nuestros cuadernos y cuando ella consideraba que era merecedor de ello, premiaba nuestro trabajo con un MB (Muy Bien) y cuando teníamos unos cuantos en nuestro cuaderno, recibíamos un regalo. Mi recuerdo de aquellos meses es siempre muy emotivo, muy feliz y de mucha gratitud hacia ella.
Comencé mis estudios de bachillerato en L´Aínsa y en segundo curso llegó un profesor diferente: Ánchel Conte. Él nos dispensó un trato especial, nos ilusionó con aprender y se desvivió por enseñar de una manera distinta: mirando al entorno, utilizando materiales nuevos, convirtiendo sus clases en tiempos deseados… El recuerdo de sus clases, de su fuerza e implicación, de su metodología… siempre han sido para mí una referencia fresca y positiva.
De modo que, entre los recuerdos escolares de mis padres y mis experiencias personales, especialmente las vividas al lado de José María, María Pilar y Ánchel, parecía todo encaminado al hecho de que estudiara magisterio. También influyó en ello, la circunstancia de poder estudiarlo en Huesca y el provenir de una familia de recursos económicos limitados que no podía permitirse salidas más lejanas ni gastos superiores. A mis padres, que hacían un esfuerzo más que considerable para poder atender las necesidades económicas de sus cuatro hijos estudiantes y que nos animaban constantemente a que estudiáramos para ver si podíamos mejorar las condiciones duras de vida que ellos soportaron, pegados a la tierra y a los animales, les parecía bien que orientara mi futuro hacia una profesión que ellos respetaban y de la que guardaban un buen recuerdo: la de maestro.
Estudié en la Escuela Normal de Huesca y comencé mis estudios coincidiendo con la última promoción del Plan 67. Terminé en 1974, antes de cumplir mis veinte años. Trabajé el curso 74-75 en la escuela graduada de Boltaña, como interino, siendo tutor de 33 alumnos y alumnas de 5º de EGB. Después estuve poco más de un mes en L´Aínsa, hice el servicio militar, trabajé seis meses en Tamarite de Litera; me destinaron por concurso de traslados a Canovelles (Barcelona) y, tras cuatro años inolvidables en esa localidad catalana, en septiembre de 1981, recalé en Fraga, donde todavía trabajo en el CEIP Miguel Servet.
Después de un largo recorrido laboral, debo decir que las razones por las que todavía mantengo unos niveles altos de ilusión en mi trabajo pasan por la posibilidad diaria de compartir tiempo y pequeños proyectos con los chicos y chicas; porque todavía consigo –de tarde en tarde- iluminar su mirada; provocar ilusión intentando resolver algunos desafíos; poner los ingredientes para despertar la curiosidad suficiente que nos lleve a investigar o a recabar informaciones que nos permitan avanzar en nuestra aventura de relación y aprendizajes; disfrutar de las realizaciones colectivas; estimular la comunicación con otros niños y niñas, con otras aulas de otras escuelas; ayudar a canalizar la expresión de las emociones; promover el uso racional de las nuevas tecnologías; crear nuestros libros libres; fomentar la reflexión y la valoración de lo que vamos haciendo; defender emocionadamente la práctica de la lectura y de la escritura, como estrategias de obtención y divulgación de la información que debemos transformar en conocimiento y como herramientas de profundo significado en la realización personal de chicos y chicas; sembrar algo de coherencia y ofrecer un perfil personal que diariamente la certifique; involucrarme con otros compañeros y compañeras de profesión en pequeños proyectos de trabajo nacidos a partir de las ideas individuales o colectivas; dinamizar la biblioteca escolar como espacio civilizador y compensador, como centro cultural del colegio, como equipamiento que guarda y ofrece innumerables documentos informativos y recreativos; cultivar la sensibilidad de los chicos en lo concerniente al conocimiento y respeto de los valores naturales y medioambientales; tener presentes los intereses de los chicos y chicas del aula para incorporarlos, junto a sus conocimientos, a la planificación de nuestras estrategias de trabajo; intentar divulgar (a través de la autoedición, de la escritura de artículos para revistas, del blog o de la web) parte de nuestro trabajo e intercambiar algunos materiales diseñados… Y, en definitiva, practicar una pedagogía del sentido común.
Por estas y otras razones, uno aún se siente motivado –después de tantos años- a trabajar en la escuela, a levantarse cada mañana y salir al encuentro de un diario cúmulo de incertidumbres, porque eso es hoy día una escuela, un colegio. Hay que luchar contra una parcelación del saber en áreas y contra una fragmentación horaria que convierte los tiempos escolares en un pequeño suplicio para quienes venimos de una época diferente; una época en la que ser tutor o tutora suponía permanecer en el aula casi toda la jornada y tener la flexibilidad suficiente para organizar los horarios y atender los ritmos y hacerlo todo con algo más de sentido… Es posible que ya sea hora de repensar la frecuente organización “desorganizada” actual.
Vivimos tiempos complicados en nuestros centros escolares, pero siempre se abren nuevos frentes de trabajo e investigación que pueden motivarnos de manera especial; basta con mantener una actitud de permeabilidad, reconocer que nos dedicamos a un oficio privilegiado y trabajar con constancia y convencimiento para dignificarlo.
domingo 4 de julio de 2010
Nociones básicas de mi madre-maestra, Montse Jaraba Andrés
Mi madre era maestra, aunque supongo que lo sigue siendo, porque como los pintores o los escritores no se deja de serlo por aparcar la obra. El caso es que yo era hija de maestra, pero mi madre no quiso que ni yo, ni mis tres hermanos, nos convirtiéramos en los hijos de la señorita. Así, que no fuimos a su escuela, el colegio público de donde los alumnos salían -según sus propias palabras- mucho mejor preparados que del resto de centros cercanos. Entonces no llegué a comprender su decisión, ni por qué tuve que ir a un colegio de monjas. Ahora me doy cuenta de que mi madre quiso protegernos de la mala superprotección. Y, seguramente, hizo bien.
Tener una madre maestra es tenerlo todo en uno. Como en el anuncio de la época: juguete completo, juguete Comanci. Con sus pros y con sus contras. Mi madre se despedía de mí camino de su escuela, ella, y de mi escuela, yo, con un «mira bien al cruzar y haz buena letra».
En lo de la letra insistía especialmente los días de examen «porque, si no, ni te lo corregirán. Y haz el favor de dejar margen, que la presentación es muy importante». Lo del margen, eso sí que era un buen consejo. A veces, en una especie de homenaje privado, le suelto a mi hijo mayor un de esos «en el examen haz buena letra y deja margen, que la presentación es muy importante». Y me río para mis adentros.
Mi madre era maestra, pero no hubiera querido serlo. Hubiera preferido ser médico, o médica. Pero estudiar Medicina no estaba al alcance de la economía de una familia humilde de posguerra y, como hubiera dicho mi abuela,«la chica, que era aguda, siempre la primera de su curso» tuvo que optar por Magisterio, que sólo eran tres años. Unos estudios económicamente más asumibles para sus bolsillos. Seguramente, la Medicina y muchos pacientes se perdieron a una gran médica, pero centenares de escolares se beneficiaron de las precariedades económicas de mis ancestros y de esa decisión de mis abuelos que tantos lloros y tanto disgusto provocaron en mi madre en su momento.
Tener una madre maestra en casa significa convivir con conceptos y palabras siempre presentes: claustros, evaluaciones, programaciones… Y también comporta convivir con muchas vidas a la vez, historias personales de alumnos, conversaciones con padres y madres, desacuerdos con compañeros en interminables reuniones, retales de vidas ajenas que se paseaban por casa a diario y que formaban parte mi día a día.
Tener una madre maestra es recibir lecciones extra, de las que van a parte de los itinerarios curriculares, de ésas que no se imparten propiamente, pero que llegan al hijo-alumno por la simple observación. Las alegrías o los disgustos con los que mi madre volvía de la escuela eran la demostración evidente de que hay trabajos que son mucho más que una jornada laboral cumplida con más o menos acierto. Simples comentarios pueden resultar reveladores y formar parte de los códigos que se transmiten de manera imperceptible, casi invisible, pero que sirven para construir y modelar la propia personalidad.
Recuerdo perfectamente -y no creo que tuviera más de 7 u 8 años- a mi madre comentarle a una amiga y compañera que les había dicho a los alumnos que no quería ningún regalo para Navidad. La costumbre de obsequiar a los maestros en determinadas fechas convertía en esos días la llegada de mi madre de la escuela en una fiesta:
-A ver, ¿qué te han regalado?
Tener una madre maestra es tenerlo todo en uno. Como en el anuncio de la época: juguete completo, juguete Comanci. Con sus pros y con sus contras. Mi madre se despedía de mí camino de su escuela, ella, y de mi escuela, yo, con un «mira bien al cruzar y haz buena letra».
En lo de la letra insistía especialmente los días de examen «porque, si no, ni te lo corregirán. Y haz el favor de dejar margen, que la presentación es muy importante». Lo del margen, eso sí que era un buen consejo. A veces, en una especie de homenaje privado, le suelto a mi hijo mayor un de esos «en el examen haz buena letra y deja margen, que la presentación es muy importante». Y me río para mis adentros.
Mi madre era maestra, pero no hubiera querido serlo. Hubiera preferido ser médico, o médica. Pero estudiar Medicina no estaba al alcance de la economía de una familia humilde de posguerra y, como hubiera dicho mi abuela,«la chica, que era aguda, siempre la primera de su curso» tuvo que optar por Magisterio, que sólo eran tres años. Unos estudios económicamente más asumibles para sus bolsillos. Seguramente, la Medicina y muchos pacientes se perdieron a una gran médica, pero centenares de escolares se beneficiaron de las precariedades económicas de mis ancestros y de esa decisión de mis abuelos que tantos lloros y tanto disgusto provocaron en mi madre en su momento.
Tener una madre maestra en casa significa convivir con conceptos y palabras siempre presentes: claustros, evaluaciones, programaciones… Y también comporta convivir con muchas vidas a la vez, historias personales de alumnos, conversaciones con padres y madres, desacuerdos con compañeros en interminables reuniones, retales de vidas ajenas que se paseaban por casa a diario y que formaban parte mi día a día.
Tener una madre maestra es recibir lecciones extra, de las que van a parte de los itinerarios curriculares, de ésas que no se imparten propiamente, pero que llegan al hijo-alumno por la simple observación. Las alegrías o los disgustos con los que mi madre volvía de la escuela eran la demostración evidente de que hay trabajos que son mucho más que una jornada laboral cumplida con más o menos acierto. Simples comentarios pueden resultar reveladores y formar parte de los códigos que se transmiten de manera imperceptible, casi invisible, pero que sirven para construir y modelar la propia personalidad.
Recuerdo perfectamente -y no creo que tuviera más de 7 u 8 años- a mi madre comentarle a una amiga y compañera que les había dicho a los alumnos que no quería ningún regalo para Navidad. La costumbre de obsequiar a los maestros en determinadas fechas convertía en esos días la llegada de mi madre de la escuela en una fiesta:
-A ver, ¿qué te han regalado?
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