Tras varios años deambulando entre olivos, melocotoneros, pinos y sabinas, me adentré en las tierras del Altiplano cuando llegaron los dinosaurios.
Corría el curso 1993 y se quedaban dos réplicas de Iguanodón y Aragosaurus para apacentar plácidamente entre los chopos cabeceros y el río Alfambra en el pueblo de Galve. Ese fue el mismo año en que mi destino empezaba a formar parte de donde hoy continúo y soy, del CRA Teruel 1.
Me gusta trabajar aquí. Tal vez porque soy un gran amante de lo natural. Es difícil dar forma a los sentimientos, recuerdos y vivencias. Eso se lleva dentro inundando el alma y el ser por completo. Ser maestro rural es una esencia que te impregna o evapora conforme pasan los años.
A mí me sedujo el perfume de las parameras y los trigales. Las majadas fondeando en cielos azules, la alondra que viene todas las primaveras y el paso de las grullas en noviembre hacia la laguna de Gallocanta. He visto casi todos los colores cambiar y pintarse en los campos al ritmo de multitud de sinfonías ofrecidas por jilgueros y verdecillos.
Satisfecho de pertenecer a una gran familia. Una familia de vínculos profesionales y afectivos muy fuertes. Porque somos comunidad educativa. Alcaldes siempre dispuestos a ofrecer sus servicios, padres colaboradores hasta la saciedad, alumnos con ganas de crecer, compañeros afables y demás vecinos en general atentos y cordiales.
Aquí cuando se estrecha la mano es para siempre. El saludo es verdadero y la conversación espontánea.
Algo funcionará bien cuando antiguos alumnos nos siguen saludando y acercándose a nosotros después de tantos años. Se ha tejido una maraña de relaciones en nuestra escuela que han forjado grandes amistades los hombres y mujeres que ayer fueron niños y niñas.
Aquí todo transcurre con más calma y humanidad. La cercanía es nuestra gran aliada. Somos actores de teatro que sentimos muy de cerca los aplausos y silbidos. Es un escenario real.
La escuela rural es grande, muy pedagógica y científica. Lo aseguro con rotundidad y sin complejos. Demostrado desde hace años. Nuestras escuelas de pueblo han servido de laboratorio a veces para implantar programas educativos y planes que luego han tenido una trascendencia en los aprendizajes muy positiva.
Aquí se aprende de verdad. Pero sobre todo, se aprende a ser persona. Ser de provecho para el mañana cercano.
Y claro que se forjan los primeros cimientos para nuevos aprendizajes. Y
claro que muchos terminan carreras universitarias. Y claro que otros han
preferido dedicarse a ser hoy fabulosos agricultores, albañiles, granjeros o conductores.
Pero todos tienen algo en común: están unidos por un único cordón umbilical, la pertenencia a una tierra, a un espacio común que los ha protegido y los sigue cobijando desde siempre y para siempre.
Mi emoción sólo me hace navegar con velas pintadas de sentimientos. Porque aquí he hecho muy buenos amigos. Mis abuelos fueron maestros rurales. Mi padre también. Y ahora recojo yo el testigo de la vocación rural. Contratiempos, pues también los hay. Pero el fin último es el reconocimiento de los niños y niñas. Esas sonrisas mañaneras que te ofrecen, los abrazos y complicidades.
Yo, maestro rural. Yo, me quedo aquí.
miércoles 26 de enero de 2011
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