miércoles, 17 de marzo de 2010

Transformar a través del conocimiento, por José Luis Aspas Cutanda

Corrían los tiempos oscuros de la España del siglo veinte, los que ahora, en el veintiuno, no nos atrevemos a recordar. Las nieves vestían de blanco las calles, los tejados, las montañas, los corrales. De la casa a la escuela unos cincuenta metros separaban la monotonía invernal de la morada familiar de la calidez de la estufa que entre unos y otros amamantábamos con los leños traídos. Compartíamos la forma de vestir (pantalones cortos, calcetines y zapatos, camisas blancas), el calor y la leche en polvo, los libros manoseados, las enseñanzas del maestro y, en sus momentos malos, los correazos y las collejas. Compartíamos los juegos y la regularidad de los días, la limpieza de la gorrinera, las cuaresmas con las guardias a los santos, las misas de los domingos y la endémica pobreza. De vez en cuando hacíamos excursiones que nos llevaban a unos tres kilómetros del pueblo. Imaginábamos que estábamos descubriendo el mundo. Formábamos parte de una penuria universal y estábamos a miles de kilómetros del otro conocimiento. En casa mi padre leía. Era un devorador de novelas y ensayos, libros de su madre maestra, mimados y sobados. Entre ellos libros publicados antes y durante la República que le hacían ser diferente y opinar desde el conocimiento sobre temas que parecían vedados. Yo no decidí estudiar. Fueron ellos, mis padres, los que, desde su carestía, decidieron que sus hijos habrían de ser formados para así caminar un poco más lejos de los tres kilómetros anuales. También hay que confesar que éramos la única familia que no tenía ni campos ni ganado, con lo cual los dos hermanos no podían heredar más que privaciones y el escaso trabajo remunerado en limpiezas de montes y caminos. A los diez años me desplazaba, incrédulo, entre las aulas del Ibáñez Martín. Con doce años ganaba dinero en los meses de verano echando la cadena a los pinos que luego se arrastraban y se sacaban de los bosques para ser recogidos por camiones y llevarlos a aserraderos. A los dieciséis quise dejar los estudios para montar un supermercado en el pueblo. Una vez más, entre otras muchas, mis padres lo impidieron. Así pues, no me quedó más remedio que elegir una carrera. Me gustaba la psicología, pero había que trasladarse a Valencia y ello suponía unos gastos bastante difíciles de cubrir. Me decidí por magisterio. Si con psicología pretendía aprender lo suficiente para modificar las sociedades conocidas (así de obstinado y radical era ya a mis diecisiete años) con magisterio podría hacer lo mismo desde abajo, con los niños y jóvenes. La sociedad tendría un futuro diferente creado a partir de las posibilidades de acceso al conocimiento, y yo asumiría un papel en esa misión. Evitaría los errores que cometieron mis maestros y profesores y participaría en la formación de una nueva sociedad. Fui un alumno inquieto y agitador en la Escuela de Magisterio. Recorrí la provincia de Teruel trabajando en escuelas unitarias y, una vez, estuve en un centro ´”grande” en Cantavieja. Al ponerse en marcha los programas de alfabetización y educación compensatoria me introduje en ellos, afirmando que la formación de las familias facilitaría el aprendizaje de los hijos. Desde el año ochenta y cinco del siglo pasado he trabajado en educación permanente, favoreciendo el acceso a la formación de las personas adultas, trabajando metodologías de investigación acción participativa y aprendizaje cooperativo, motivando y creando necesidades formativas, involucrando a los entes sociales y a las personas que en ellos trabajan, intentando transformar a través del saber transmitido por la experiencia, aspirando a que las personas con las que trabajo sean más libres, comprometidas y competentes.


Aún hoy, veintisiete años después de ser maestro, sigo pensando que la educación, la formación y el aprendizaje son indispensables en esta sociedad y sirven para perfeccionarla, que la unión entre instituciones favorece la innovación, que seguimos teniendo defectos coyunturales que pueden remendarse a través de la enseñanza y que, sobre todo, debemos cultivar la democracia y transmitirla a los ciudadanos y ciudadanas en su más amplia concepción. Se lo debemos a nuestros hijos e hijas.

1 comentario:

Eloy dijo...

Estimado Jose Luis, que alegria leer este articulo tuyo, que he encontrado por casualidad y en el que me he visto reflejado al cien por cien.

Yo tambien compartí contigo, escuela, maestro, conocimientos y correazos....

Sin embargo fue la educación que recibimos y el calor de la familia lo que nos hizo ser como somos y luchar por lo que luchamos.... un fuerte abrazo.